Martes 07 de agosto de 2012 | Publicado en edición impresa
Editorial II
La presidenta de los argentinos exhibió una enorme ignorancia al hablar sobre el fútbol, la pasión y los barrabravas
Presa de su verborragia y de su afán por demostrar que nada tiene secretos para ella, la Presidenta cometió al menos un pecado de ignorancia al reivindicar como los hinchas de fútbol más genuinos a quienes, escudados en el supuesto amor a una divisa, concurren a los estadios con la premisa de delinquir.
La jefa del Estado dijo sentirse maravillada por quienes "colgados del paraavalanchas y con la bandera, nunca mirando el partido, arengan, arengan y arengan", tras lo cual fue más allá en su entusiasmo y agregó: "Mi respeto para todos ellos".
Como si hubiese querido hablar de la soga en la casa del ahorcado, Cristina Fernández de Kirchner se pronunció de esa forma ante las máximas autoridades del fútbol argentino y legisladores y funcionarios del gobierno nacional, y justamente en el lanzamiento del sistema de toma de huellas dactilares con el cual se procurará neutralizar a los violentos que azotan las canchas argentinas.
El auditorio se llamó a silencio luego del acto, algo que no sorprendió habida cuenta de que a la mezcla de complicidad y miedo con que la dirigencia del fútbol se relaciona con los violentos, se agregaba un temor extra que nadie podía desafiar: discrepar con la Presidenta, la única dueña del fútbol gracias al dinero de todos, hasta el punto de que casi en el mismo momento reorganizó ella misma el formato de los campeonatos y hasta impuso el nombre de Evita a un trofeo.
Más de una vez la jefa del Estado cometió gruesos errores en las clases magistrales en las que aspira a convertir cada uno de sus discursos -algo por otra parte inevitable en quien permanentemente se presenta como versado en los más variados temas-, pero esta vez lo suyo fue grave, pues no erró en un índice económico, sino en su percepción sobre un asunto que ha costado muchas vidas.
Como si en esta materia se hubiese quedado detenida en el tiempo, la Presidenta debe creer que el corazón de una tribuna popular es hoy lo mismo que cuarenta o cincuenta años atrás, cuando el mayor peligro que allí se corría era el apretujón de una avalancha en el festejo de un gol.
Es cierto, como ella dijo, que en las plateas, aun en las más costosas, la gente se toma a golpes de puño e insulta, pero los que han causado la inmensa mayoría de las muertes en el fútbol, los que amenazan a dirigentes y jugadores y trafican en las tribunas y en el antes y después de los partidos desde una simple camiseta hasta la más amplia variedad de estupefacientes, durante los partidos tienen su centro de operaciones justamente allí, donde pareciera que a la Presidenta le divertiría estar. Con sus dichos, vino a demostrar, una vez más, que está mal asesorada o no escucha a quienes se animen a sugerirle algo antes de que tome el micrófono. De lo contrario, habría tenido en cuenta que los mismos muchachos de los paraavalanchas que con el dinero de todos fueron llevados al mundial de Sudáfrica por la ONG kirchnerista Hinchadas Unidas Argentinas cometieron allí todo tipo de desmanes; o que Favita, la entidad que agrupa a familiares de las víctimas en el fútbol, todavía está esperando ser recibida por ella.
En lo que no se equivocó la Presidenta fue en decir que el tema de la violencia en el fútbol no se circunscribe a los grupos que van a las canchas. Fue como admitir, tal vez sin quererlo pero de un modo alarmantemente candoroso considerando a qué se refería, que el poder político tiene mucho que ver con el asunto.
"Mañana van a decir que defiendo a los barrabravas", se atajó la jefa del Estado luego de su declaración de respeto y admiración por los que saltan en el paraavalanchas. ¿Acaso podían los medios reflejar algo distinto de lo que ella dijo y sostuvo con todo entusiasmo? Sí, no quedaron dudas: la Presidenta defendió a los barrabravas, a los mismos que escudados en la pasión por una divisa son responsables de muchas de las 39 víctimas de la violencia en el fútbol producidas durante la era K.
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