Wednesday, May 8, 2013

Más que superclásico, superbochorno


Miércoles 08 de mayo de 2013 | Publicado en edición impresa

Editorial II

Sólo la complicidad con los violentos o una manifiesta incapacidad para controlar explica el despliegue de elementos prohibidos en el último Boca-River

En el fútbol argentino el show siempre debe continuar, aun en medio de la barbarie y pese a que la vida de uno de sus protagonistas esté en riesgo. Eso fue lo que quedó en evidencia en el bochornoso superclásico entre Boca y River. El regreso del equipo millonario a la Bombonera tras su paso por el Nacional B permitía presumir que el partido del domingo último no era uno más entre los clásicos rivales, que la chispa de violencia que habitualmente se enciende en los enfrentamientos entre ambos esta vez era una llama fácilmente visible y contra la cual había que actuar preventivamente.

Esto, que parecía tan obvio y que efectivamente lo era, se les pasó por alto justamente a quienes más atentos debían estar: los dirigentes de Boca, responsables de la organización del espectáculo por ser locales, y los efectivos contratados para el operativo de seguridad. Así fue, aunque cueste creerlo, por más buena voluntad que se tenga a la hora de analizar los hechos.

Frente al enorme despliegue de elementos prohibidos que hicieron algunos sectores de las tribunas locales, cabe sólo una pregunta: ¿los dirigentes de Boca y los responsables del operativo de control son completamente incapaces de organizar un espectáculo o directamente fueron cómplices de los vándalos que desataron la barbarie?

A través de declaraciones de su secretario general, César Martucci, Boca pareció elegir el camino menos complicado a la hora de dar explicaciones: "Pudo haber falencias en el control, pero no complicidad" con los violentos, dijo el dirigente.

Resulta inquietante, también, que 48 horas después el doctor Carlos Stornelli, responsable de la seguridad en Boca, simplemente tenga la sensación de que la pirotecnia y demás elementos fueron ingresados en el entretiempo del partido. Tener la sensación y saber poco y nada parece lo mismo en este caso.

Nada dijo, aún, el presidente del club, Daniel Angelici, de quien cabe esperar explicaciones definitivas y concluyentes.

Si efectivamente fue como dijo su secretario general, Boca debería ser inhabilitado por largo tiempo para organizar partidos en su cancha o, más aún, sufrir una quita de puntos, porque las posibles falencias a las que se refirió Martucci no se redujeron a un par de bengalas y alguna bandera menor aparecidas en un sector puntual, sino un despliegue enorme de pirotecnia de grueso calibre que partía desde distintas tribunas locales y una enorme bandera alusiva al pasado reciente de River, matizado, todo ello, con gente que trepó hasta el tope de las alambradas.

Si asombró observar semejante despliegue de elementos con los que no se puede ingresar en un estadio, no llamó menos la atención la actitud del árbitro Germán Delfino, insensible al vandalismo y obediente fiel de las sugerencias de la Asociación del Fútbol Argentino en el sentido de que el show debe continuar. Delfino no sólo no suspendió el partido (apenas lo interrumpió unos minutos) por la cantidad de bengalas que por momentos nublaron por completo el ambiente, sino tampoco cuando el arquero de River, estuvo dos veces en serio riesgo por petardos que le arrojó público local y que por milagro no lo alcanzaron.

Veinticuatro horas después del partido, el fiscal contravencional Martín Zavaleta, a cargo de la investigación, dispuso la clausura provisional de dos bandejas populares bajas del estadio de Boca, y anunció que se procuraba identificar a quienes tiraron la pirotecnia al campo de juego.

Más tarde se supo que dentro del club había gran cantidad de bengalas y de los petardos denominados tres tiros. El fiscal también señaló que el operativo de seguridad había fallado y que tenía esperanzas de que las cámaras dispuestas en el club tuvieran imágenes que ayuden al esclarecimiento del caso.

En rigor, quienes arrojaron bengalas y petardos y desplegaron banderas fuertemente provocativas son el último eslabón de una cadena de la cual forman parte quienes dirigen los clubes, la AFA y el poder político que anida en todas las instituciones. De otra forma, no hubiese ocurrido lo que se vio el domingo en La Boca.

Tuesday, May 7, 2013

Rehenes de otro paro inhumano


Martes 07 de mayo de 2013 | Publicado en edición impresa

Editorial I

La prolongada huelga de los ómnibus de larga distancia muestra la indiferencia del Estado ante el sufrimiento de los frustrados usuarios


El paro que los choferes de ómnibus de larga distancia agrupados en la Unión Tranviarios Automotor (UTA) realizan en demanda de mejoras salariales fue el hecho que dejó nuevamente expuesta la indiferencia del Estado nacional frente a la indefensión en que de pronto quedaron cientos de ciudadanos, en este caso en un lugar que, por obra y gracia de la desidia del propio Estado, se ha convertido en un sitio donde proliferan todo tipo de delitos. Un campo tan fértil para la delincuencia es desde hace tiempo la terminal de Retiro, que hasta los propios miembros de la Gendarmería Nacional toman sus precauciones cuando deben recorrerla a determinadas horas.
En ese lugar quedaron abandonados cientos de personas, en su mayoría de condición humilde y, por lo tanto, imposibilitadas de esperar la solución del conflicto en un alojamiento digno o apelar a otro medio de transporte.
Las escenas y las voces parecían más propias de un lugar por el que había pasado un fenómeno devastador que de la principal terminal de ómnibus del país. Gente comiendo y durmiendo sobre bancos o directamente en el piso, en muchos casos espalda con espalda, como soldados en guerra, y tomada de sus pertenencias para evitar ser víctima de robos; desperdicios por doquier y testimonios que confirmaban el dolor y la desesperación que mostraban los rostros completaban el cuadro.
Bebes, menores, ancianos, enfermos que necesitaban de una medicación que no tenían y lisiados quedaron allí durante días, a merced de quienes ofrecían traslados en combis ilegales a cambio de mucho dinero, de los comerciantes del propio lugar, que súbitamente incrementaron los precios de todo lo que venden y, lo peor, de los delincuentes.
Nadie que tuviera medios para irse a un sitio confortable hasta tanto poder viajar se hubiese quedado con un bebe o un enfermo en un lugar como la Terminal de Retiro solamente para protestar contra el Gobierno, como se sugirió desde algunos medios de comunicación.
Tan abandonada se sintió esa gente que en el atardecer del viernes y ayer mismo salió a las calles y cortó avenidas en Retiro para llamar la atención de las autoridades.
Ante la brecha insalvable entre las demandas de los trabajadores y la postura del sector empresarial, el Gobierno pareció sin reacción. Esto fue así pese a que el conflicto estaba en puerta desde hace tiempo, habida cuenta de que la generosa política de subsidios en favor de Aerolíneas Argentinas -un verdadero barril sin fondo que se mantiene a costa de los bolsillos de todos los argentinos- había dejado a las empresas de transporte de ómnibus en imposibilidad de competir con sus tarifas y en serias dificultades para enfrentar el reclamo salarial que también estaba al caer.
Frente a un cuadro que prenunciaba lo que finalmente ocurrió, los ministros involucrados en el tema, el de Trabajo, Carlos Tomada, y su par de Interior y Transporte, Florencio Randazzo, no lograron arbitrar los medios para que se produjera un pronto restablecimiento de un servicio tan esencial como es el transporte público de larga distancia y coincidieron en hacer públicas sus sospechas de un acuerdo entre gremialistas y empresarios para hacer fracasar las gestiones tendientes a poner fin al paro.
Más allá de que pueda o no asistirles la razón a los ministros, el Gobierno incurrió en una actitud inadmisible que, en definitiva, constituye otro fracaso en este tema, y es el de haber abandonado a su suerte a frustrados pasajeros que terminaron viviendo una pesadilla que no olvidarán. El Gobierno pareció no tener en cuenta que, por ser una concesión nacional, la terminal de Retiro es área de su competencia. Y tampoco la concesionaria, TEBA, mostró demasiada preocupación por la suerte de las personas allí varadas.
Frente a un hecho que claramente colocó en situación de riesgo a cientos de personas y dada la cantidad de días transcurridos desde el comienzo del paro, el Estado debió haber puesto a disposición de ellas lo necesario para su traslado o, al menos, hacer que gozaran de lo más elemental: alimentación, provisión de medicamentos, atención sanitaria y seguridad. No lo hizo y, por el contrario, una vez más dio la espalda a quienes, desde su discurso, más dice defender.